viernes, 29 de diciembre de 2017

Cuando la profecía falla

Cuando la profecía falla es uno de los estudios de caso más conocidos en la investigación sobre el comportamiento humano en movimientos sociales. Desconocía su existencia. 

En el otoño de 1954, el por aquel entonces profesor de psicología social en la Universidad de Minnesota Leon Festinger, leyó una noticia inusual en un periódico local: “Profecía del planeta Clarion para la ciudad: Escapad del diluvio”. La autora de la noticia era una tal Marian Keech, líder de una secta local llamada the Seekers. Keech afirmaba ser capaz de contactar con alienígenas. A través de ellos, sabía la fecha precisa del fin del mundo: el 21 de Diciembre de 1954. La noticia informaba que los verdaderos creyentes podrían salvarse del apocalipsis gracias a una nave espacial que descendería en el jardín de la residencia de Keech.



La cuestión es que numerosos seguidores de la secta abandonaron sus trabajos y vendieron sus propiedades y se prepararon para congregarse el 21 de Diciembre en casa de la sacerdotisa. El fin del mundo estaba próximo. Así que Festinger y sus colegas decidieron infiltrarse en el grupo. Para ver qué pasaba.

Como sabemos, el 21 de Diciembre no descendieron los alien y el mundo no se acabó. Y entonces entraba en juego la pregunta de investigación de Festinger: ¿cómo reaccionarían los seguidores de la secta concentrados en casa de Keech al darse cuenta del camelo?

Bien, la noche del supuesto apocalipsis, los miembros de la secta, entre los que se encontraba Festinger, quedaron perplejos y en silencio. ¿Por qué no se había incendiado el Planeta? ¿Qué había sido de los alienígenas? ¿Tal vez la congregación había conseguido evitar el fin del mundo?

La reacción de los sectarios confirmó la hipótesis de Festinger: la fe en Keech y sus absurdas teorías quedó indemne. Es más, en algunos casos, la fe de los seguidores pareció fortalecerse (nada que no veamos en la política española). Como afirmó Festinger y sus coautores en Cuando la profecía falla, el grupito de seguidores interpretó la ausencia de un apocalipsis como un éxito de su congregación. Pensaron que habían sido capaces de detener el fin del mundo. La racionalización había entrado en juego. La evidencia no alteró en lo más mínimo sus creencias.

El episodio de los sectarios es una prueba manifiesta de una tendencia ampliamente observada en la forma de pensar y actuar por defecto de los seres humanos: el “razonamiento motivado”. Las creencias están primero y el razonamiento después; es decir, creemos algo y utilizamos el razonamiento para defender esta creencia. El razonamiento está “motivado” por la necesidad de defender nuestras creencias, reflejo de nuestra identidad. 



Y es que para el homo sociobiologicus, las creencias, si poseen un fuerte componente emocional, son un reflejo de la identidad socio-cultural. Defendemos nuestras creencias porque, en el fondo, defendemos a nuestro grupo, a nuestra identidad, a nosotros mismos. La razón es tan solo una poderosa arma subsidiaria que nos ayuda a vencer en la lucha por la supervivencia. Las creencias, nuestros valores culturales, nuestra identidad, nuestras emociones están antes; la razón, después. Como afirma el investigador Jonathan Haidt, solemos pensar que somos científicos buscando la verdad, pero en realidad somos abogados defendiendo a un cliente. Nuestro razonamiento es un medio para lograr un fin: vencer en una discusión.

El modelo intuicionista social en psicología moral (social intuitionist model), propuesto por autores como Jonathan Haidt, propone, frente al modelo racionalista tradicional, que cuando realizamos un juicio moral, las intuiciones están antes y causan directamente el razonamiento ex-post facto.
Por supuesto, no todo nuestro razonamiento es razonamiento motivado. Como pone de manifiesto la investigación en neurociencia, cuando las personas no tienen un fuerte vínculo emocional con las conclusiones de un razonamiento, se produce un razonamiento no motivado, que resulta cualitativamente diferente. Si, por ejemplo, discutimos sobre la manera más rápida de llegar de un punto A a un punto B, es probable que no se produzca un razonamiento motivado, aunque incluso aquí, las preferencias previas podrían influir en la discusión. 

La mayoría de las personas operamos bajo el razonamiento motivado en una diversidad de ámbitos, desde las discusiones sobre salud, estilo de vida, moralidad, política o deporte. La esfera pública está dominada, en ocasiones, por el razonamiento motivado. Como también el ámbito de la moral.

El razonamiento motivado tiene consecuencias relevantes en la vida política de las sociedades avanzadas, como refleja la discusión en Estados Unidos sobre el cambio climático o los efectos de las vacunas. Como afirma Chris Mooney en un interesante artículo sobre razonamiento motivado y cambio climático, el razonamiento motivado afecta a votantes en uno y otro lado del espectro político.

El rechazo a las vacunas, por ejemplo, manifiesto entre personas con una determinada matriz cultural, se defiende argumentativamente a partir de la evidencia -demostradamente falsa- de que las vacunas están causando una epidemia de autismo entre los niños. Los estudios epidemiológicos han mostrado que no existe ningún vínculo causal entre vacunación y autismo. Los antivacunas olvidan que las vacunas han salvado millones de vidas en las últimas décadas, y que siguen siendo un elemento fundamental de nuestra salud pública. Pero la cuestión es que las personas que apoyan este movimiento no son totalmente ignorantes de los hechos, ni poseen necesariamente una capacidad reducida de raciocinio. Simplemente, intentan proteger su visión, legítima, del mundo, en la que la intervención médica industrial es percibida como un ataque a la naturaleza, su libertad y a su identidad cultural. De ahí que tratar de convencer sólo con datos a una persona que sostiene una posición sea, por lo general, una intervención inadecuada.

Los seguidores de The Seekers eran, ciertamente, fervorosos creyentes. Pero eran, también, simples seres humanos con una cognición limitada o caliente (hot cognition). Como afirma Chris Mooney, aunque resulte paradójico, el cambio no se produce con los hechos. Los valores, la confianza, la identidad y la emoción están antes. Trabajar con estos elementos puede permitir a los hechos tener alguna posibilidad de éxito en una discusión.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Mindset

Cuando pensamos en nuestras habilidades personales, la mayoría de los individuos nos situamos en algún punto entre una mentalidad fija y una mentalidad de crecimiento. En una mentalidad fija, pensamos que nuestras habilidades son una característica invariable, fija, que hay que demostrar. En una mentalidad de crecimiento, pensamos que nuestras habilidades son variables y que podemos desarrollarlas por medio del aprendizaje.

Carol Dweck, profesora de psicología social de la Universidad de Stanford, ha dedicado su carrera académica al estudio de ambas mentalidades. Los estudios de su equipo de investigación muestran, de modo consistente, que una mentalidad de crecimiento está asociada a mejores resultados académicos y personales, así como a una mayor motivación, menor depresión y, en general, a una mayor resiliencia frente al fracaso.



Poseer una mentalidad de crecimiento suele resultar beneficioso en términos de motivación y logro personal en todos los ámbitos. Esto es así, porque creer que se puede mejorar (lo contrario de poseer una mentalidad fija) resulta fundamental cuando nos enfrentamos al fracaso, lo que invariablemente sucede a cualquier individuo. Las personas con mentalidad fija tienden a rendirse frente a la adversidad. Porque consideran el fracaso como una evidencia de su incapacidad (dado que esta es fija). Rehuyen los retos, se esfuerzan en proteger su ego, mintiendo si es necesario, lo que, en general, inhibe su crecimiento. Por el contrario, las personas con una mentalidad de crecimiento se muestran más perseverantes frente al fracaso, invierten más tiempo y esfuerzo en la mejora de sus habilidades y se muestran más motivados por buscar soluciones, porque piensan que no han aprendido o practicado lo suficiente, no que sean inadecuados. Como resultado, tienden a deprimirse menos.

Como pone de manifiesto Carol Dweck en Mindset: La actitud del éxito, los efectos de ambas mentalidades se traducen en un rendimiento diferenciado en el ámbito académico (los alumnos con una mentalidad de crecimiento aman el aprendizaje y se sobreponen con más facilidad a las dificultades), el deporte, las relaciones de pareja o los negocios. Sencillamente, porque la perseverancia y la búsqueda de la autosuperación contribuyen positivamente al logro personal en cualquier ámbito. Una mentalidad de crecimiento permite perseverar. Y la perseverancia es un factor fundamental en la consecución de cualquier objetivo. En este TED se muestran algunos resultados de sus estudios.



Pero, si aceptamos que cualquier habilidad es susceptible de mejora con una mentalidad de crecimiento -el margen de mejora sería variable en función de la habilidad o capacidad considerada- , ¿es posible también modificar la mentalidad de una persona, es decir, favorecer una mentalidad de crecimiento en los individuos?

Los estudios de Carol Dweck indican que es posible inducir una mentalidad de crecimiento en las personas. En diversos estudios, Dweck y colaboradores han mostrado que cuando a un grupo de alumnos se le induce una mentalidad de crecimiento -con programas formativos como Brainology- estos suelen mejorar significativamente su motivación y su logro, frente a alumnos a los que no se enseña esta mentalidad. Inducir una mentalidad de crecimiento implica enseñar a los alumnos que sus habilidades, por ejemplo matemáticas, son susceptibles de mejora con el aprendizaje porque el cerebro se fortalece y crea nuevas conexiones con la práctica adecuada. Los alumnos que reciben estas enseñanzas suelen mejorar su rendimiento a lo largo del curso. Se sienten más motivados y se desaniman en menor medida frente al fracaso.  

El éxito del libro de Carol Dweck reside, en parte, en transmitir una idea sencilla, fundamentada y potente: si nos situamos en una mentalidad de crecimiento podremos obtener un éxito verdadero en todos los órdenes de la vida.

La hipótesis de las mentalidades, aunque probada de modo consistente, posee algunas limitaciones que no son mencionadas en Mindset. En primer lugar, que la mentalidad es solo un factor más en el rendimiento. Algunos de los estudios de Carol Dweck sobre los efectos de la mentalidad de crecimiento en el ámbito académico muestran un impacto significativo pero moderado. Porque, como sabemos, factores como la inteligencia del alumno, el estatus socioeconómico de su familia o la calidad del colegio y los profesores tienen un efecto también significativo en el rendimiento. En segundo lugar, sabemos que la mentalidad de crecimiento, o la capacidad de persistencia de una persona es, gran medida -en torno al 40% de su variación-, atribuible a la influencia de los genes. Es decir, es posible inducir una mentalidad de crecimiento en los niños, y los padres harían bien en intentarlo, pero algunos niños, sencillamente, tienen una tendencia innata a poseer una mentalidad fija.

Como ha reconocido la propia investigadora, la mentalidad de crecimiento no tiene un efecto mágico sobre la vida de las personas. Pero incrementar la persistencia, la determinación y la resiliencia de una persona puede favorecer su éxito personal y profesional. Cultivar nuestra mentalidad de crecimiento es una inversión positiva. La obra de Carol Dweck nos permite entender mejor esta mentalidad, así como desarrollar la motivación y las estrategias para adoptarla.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

La teoría de la gestión del terror

Había oído hablar de la teoría de la gestión del terror (management terror theory), pero desconocía la evidencia empírica que respalda esta teoría. Algunos de los estudios llevados a cabo por sus principales proponentes han mostrado resultados sorprendentes. Las derivaciones de estos estudios son inquietantes, y resultan reveladoras para comprender nuestra conducta social, así como la dinámica política de nuestras sociedades. Veamos un ejemplo.  

En uno de sus estudios más famosos, Florette Cohen, Daniel M. Ogilvie, Sheldon Solomon, Jeff Greenberg y Tom Pyszczynski intentaron probar la teoría de la gestión del terror de un modo bastante ingenioso. Seis meses antes de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2004, los investigadores indujeron a una muestra de estudiantes (grupo de experimentación) a pensar en su propia muerte, y en las emociones que esto les suscitaba. A otro grupo de estudiantes muy similar (grupo de control) les solicitaron que pensaran en el sentimiento de dolor. A ambos grupos les preguntaron por su intención de voto en las próximas elecciones (Bush o Kerry). Los resultados fueron sorprendentes: Los dos grupos tenían una ideología similar, pero el grupo al que se le indujo a pensar en la muerte favoreció a Bush en proporción de 3 frente a 1, mientras que el grupo de control se decantó mayoritariamente por Kerry (4 frente a 1).

¿Por qué el hecho de pensar en la propia muerte generó entre los participantes una preferencia por el candidato George Bush? Aquí es donde entra en juego la teoría de la gestión del terror.

La idea principal de la teoría de la gestión del terror es que el pensamiento de que la muerte es inevitable y, en gran medida, impredecible, genera en los individuos una necesidad de buscar la protección del grupo. La ansiedad existencial, el miedo a la muerte tiende a generar creencias, actitudes, comportamientos y prácticas sociales que facilitan la cohesión interna y la endogamia grupal. El sentimiento de pertenencia exacerbado permite al individuo reducir su ansiedad.

La teoría ha sido corroborada en más de 200 estudios. Por lo general, a un grupo de participantes se le induce a pensar en su propia muerte (frente a un grupo de control al que se le induce a pensar en un tema neutro). Tras un lapso de tiempo, se miden las actitudes de los individuos en relación a alguna cuestión socio-política (actitudes hacia otros grupos religiosos y étnicos, prejuicios, nacionalismo, comportamiento sexual, etc.). La mayoría de estudios muestra que cuando se induce a los individuos a pensar en la muerte se produce una tendencia hacia actitudes más xenófobas, al incremento del prejuicio y a la defensa de las visiones del mundo de nuestra tribu (sea esta nacional, cultural, política, etc.). Pensar en nuestra propia muerte nos hace también volvernos más violentos, odiar más a los animales y ser más materialistas (ver el Ted de Sheldon Solomon)




De ahí la mayor intención de voto a Bush cuando se indujo a pensar en la propia muerte. Bush representaba la protección de la tribu frente a los atacantes del atentado del 11 de Septiembre de 2001. Años después, inducir a pensar en la muerte logró generar una preferencia por un líder con una mayor orientación a la protección del grupo frente a un líder más exogámico. El miedo a la muerte, tal y como hipotetiza la teoría de la gestión del terror, tiende a exacerbar los sentimientos racistas, nacionalistas y xenófobos entre los individuos, porque estos sentimientos se relacionan con una mayor identidad grupal y sentimiento de pertenencia, que, a su vez, se relaciona con una disminución de la ansiedad existencial.

Mi interpretación es que el grupo es el vehículo fundamental para la supervivencia y la reproducción de un animal social como el ser humano. Por eso, cuando nos invade el miedo a la muerte, nuestra tendencia a la endogamia y la defensa del grupo se refuerza, porque necesitamos el grupo para la supervivencia. En toda sociedad coexisten ideas y tendencias endogámicas y exogámicas, conservadoras y progresistas. Porque todas ellas tienen cierta función principal para la supervivencia y la reproducción de los individuos (ver Nuestra naturaleza política). Cuando inducimos el miedo a la muerte, las tendencias endogámicas presentes, en mayor o menor medida, en todos los individuos, se amplifican.

La idea de la muerte juega un papel crítico en nuestra vida mental. La teoría de la gestión del terror nos dice que la ansiedad causada por la conciencia de nuestra mortalidad influye de modo significativo en nuestras creencias y comportamientos relacionados con la identidad social. 


Referencia: Cohen, F., Ogilvie, D. M., Solomon, S., Greenberg, J., & Pyszczynski, T. (2005). American roulette: The effect of reminders of death on support for George W. Bush in the 2004 presidential election. Analyses of Social Issues and Public Policy, 5(1), 177-187.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Variaciones sobre la obediencia a la autoridad

Si ha oído hablar del famoso experimento de Milgram (realizado en los años 60s en los Estados Unidos), seguro que le sorprendió el poder que la autoridad puede tener sobre la conducta de los individuos. Por si no lo recuerda, el investigador pedía a los sujetos que aplicaran descargas eléctricas a otros sujetos (que hacían el papel de alumnos) cada vez que éstos fallaran una pregunta planteada por el investigador. Cada fallo sucesivo del alumno (en realidad, cómplice del estudio) era acompañado de una petición de descarga eléctrica de mayor potencia. Los resultados del estudio mostraron que, a petición del investigador, 6 de cada 10 individuos aplicaron el voltaje máximo a los alumnos (450 voltios). Podrían haberlos matado (puede ver más detalles del estudio aquí).

El estudio, a través del cual Milgram pretendía comprender el porqué del sadismo mostrado por muchos oficiales de la Alemania nazi contras los judíos, evidenció que los seres humanos tienden a obedecer a la autoridad, incluso cuando esto implica hacer daño a otros seres humanos inocentes. Aunque lo parezca, el experimento de Milgram no mostraba una tendencia al sadismo entre los participantes, sino, más bien, la fuerza de la obediencia a la autoridad. Como indica el artículo de Wikipedia: “Todos (los sujetos experimentales) se mostraban nerviosos y preocupados por el cariz que estaba tomando la situación y, al enterarse de que en realidad la cobaya humana no era más que un actor y que no le habían hecho daño, suspiraban aliviados”

Pero hay una cuestión que ha pasado desapercibida sobre los resultados del estudio de Milgram, y que detalla con gran precisión Michael Bond en The Power of Others. En torno a 6 de cada diez individuos obedecieron a la autoridad hasta grados extremos (es lo que habrían hecho muchos individuos, por otro lado personas sensatas, en la Alemania nazi).  Pero, ¿era posible modular este resultado?

Bien, resulta que Milgram, como buen investigador minucioso, llevó a cabo el experimento en repetidas ocasiones, alterando el contexto institucional del estudio, así como ciertas condiciones experimentales (proximidad del investigador, presencia de otros sujetos, etc.).

En una de sus variantes, Milgran trasladó el experimento desde los laboratorios de la Universidad de Yale a la ciudad industrial de Bridgeport. El investigador universitario, imagino que ataviado con una bata blanca, fue sustituido por un instructor vestido de paisano. ¿Los resultados? Se redujo la proporción de sujetos obedientes a cerca de la mitad.

En otra variante del estudio, el sujeto investigado era acompañado por dos personas más, cómplices del investigador. Los tres sujetos debían trabajar conjuntamente. Pero ahora, uno de los cómplices abandonaba preocupado el estudio cuando la descarga al alumno llegaba a los 150 voltios. El segundo cómplice abandonaba en el siguiente nivel de voltaje. El resultado: solo 1 de cada 10 individuos prosiguió administrando descargas hasta los 450 voltios. Una reducción de más de 50 puntos porcentuales en la obediencia simplemente por la influencia de los pares.



Otra variante del estudio mostró un resultado más amenazador. El investigador pidió a los sujetos voluntarios investigados que ejercieran un papel más burocrático, cediendo el control de la máquina de descarga a un individuo cómplice del estudio. En este caso, más de 9 de cada 10 sujetos colaboró en aplicar la descarga máxima al alumno incompetente. Es decir, reducir la responsabilidad final del acto y aumentar la distancia psicológica con el mismo produjo que casi todos los sujetos decidieran obedecer.  

Cuenta Michael Bond que la mayoría de estudios posteriores ha confirmado la tendencia universal a la obediencia a la autoridad. Sin embargo, un estudio en los años 70 con jóvenes universitarias en Australia mostró que más de 8 de cada diez participantes rechazaron aplicar descargas. ¿Las posibles explicaciones? La identificación de las participantes con la víctima (también una joven universitaria) así como la mayor presencia de normas sociales anti-autoritarias entre los jóvenes universitarios de la época.  

A través de estos estudios, Milgram logró poner de manifiesto nuestra tendencia universal a obedecer a la autoridad, a seguir las instrucciones de aquellas personas en una posición de autoridad en nuestro grupo de pertenencia, incluso cuando estas instrucciones implican hacer un daño injustificado a otro ser humano. Pero logró poner de manifiesto, también, cómo el entorno, el contexto de la decisión, puede modular significativamente la conducta de los individuos.

Milgram explicitaba esta idea en Obedience to authority. An experimental view (1974): “Nacemos con un potencial para la obediencia, y este interactúa con la influencia de la sociedad para producir la persona obediente”.

La obediencia a la autoridad es, con gran probabilidad, funcional y positiva en numerosos contextos de decisión, cuando el resultado proporciona beneficios simultáneos para el individuo y el colectivo difícilmente alcanzables de otra manera. Pero sus consecuencias pueden ser dramáticas en contextos de conflictos tribales y nacionalistas, confrontaciones ideológicas, manipulación sectaria o miedo generalizado. Es siempre importante reflexionar sobre el contexto de nuestras decisiones. El contexto inadecuado puede propiciar nuestra peor versión como seres humanos.

domingo, 19 de noviembre de 2017

El poder de los otros


Si algo ha puesto de manifiesto de modo consistente la psicología social y la sociología, es que el comportamiento de los individuos depende del contexto social. Tendemos a pensar que el individuo actúa únicamente motivado por la maximización de su interés personal. Y esto puede ser cierto en determinados contextos económicos. Un vendedor, por ejemplo, quiere maximizar sus ventas (en realidad, subestimamos el efecto que las emociones sociales y los aspectos contextuales juegan también en una venta). Pero la cuestión es que ese mismo vendedor actuará, en otros contextos (en su relación con sus compañeros de trabajo, en su voto político, en estadio deportivo, etc.), motivado por influencias neurohormonales, psicológicas, comportamentales, sociales y ambientales diversas, y no por la mera maximización de sus intereses personales.   

Un caso extremo de conducta contraria al autointerés del individuo es el terrorismo suicida. El ataque suicida, pero también la autoinmolación, son conductas sociales que sorprenden por su aparente carácter irracional, pero que, en el fondo, reflejan nuestra naturaleza sociobiológica humana.

  

¿Qué motiva a una persona a realizar un ataque contra otras personas del que sabe que casi con toda probabilidad no saldrá vivo? ¿Es la personalidad del individuo, el fanatismo y el adoctrinamiento, el contexto social y la presión del grupo, la pobreza? O tal vez, una combinación de todas ellas.

Aunque desconocía su existencia, la investigación psico-social sobre el terrorismo suicida es relativamente extensa. En The Power of Others: Peer Pressure, Groupthink, and How the People Around Us Shape Everything We Do, el divulgador Michael Bond realiza una interesante presentación de esta investigación.

Aunque existe cierta controversia sobre las causas del suicidio terrorista, un resultado que parece consistente en los distintos estudios llevados a cabo es que los suicidas no son personas excepcionales, ni poseen necesariamente problemas de salud mental o aislamiento social. El factor crítico en el suicidio no reside tanto en la historia personal o el carácter del individuo como en el modo en que este es influido y manipulado por un grupo.

Investigaciones como las de Ariel Merari, profesor retirado del Departamento de Psicología de la Universidad de Tel Aviv, y Nasra Hassan sobre terroristas suicidas palestinos parecen mostrar que la pobreza, la falta de educación, el deseo de venganza o la enfermedad mental son prácticamente irrelevantes en determinar qué persona se suicidará por una causa, y que, incluso, el fanatismo religioso, aunque puede ser crítico en ciertos contextos culturales, no está siempre presente en el suicidio terrorista.



Para Ariel Merari, comprender el suicidio terrorista requiere prestar atención a las presiones del grupo en el comportamiento del individuo. El suicidio terrorista es, sobre todo, un fenómeno organizativo, en el sentido de que una organización debe decidir llevarlo a cabo. Raramente se encuentra un terrorista suicida que actúe de modo individual. El suicida es tan solo una pieza más de un engranaje organizativo altamente eficaz. De hecho, en ciertas sociedades, existe una “industria” del terrorismo suicida.

El investigador Scott Atran, especialista en antropología de la religión y terrorismo, ha subrayado, también, el poder del contexto social en el terrorismo yihadista. Los terroristas no matan y mueren sólo por una causa, nos dice Aran, sino por los otros, por su grupo. Los terroristas suicidas son percibidos en sus comunidades como mártires, como héroes de guerra. En un contexto cultural favorable al suicidio terrorista, los grupos activistas tienen facilidad para encontrar jóvenes dispuestos a suicidarse. El grupo consigue reclutar y radicalizar a los futuros suicidas a través del adoctrinamiento y la cultura del martirio. El adoctrinamiento sectario permite anular la individualidad de una persona, haciendo que ésta se sienta tan solo una herramienta en la supervivencia de su grupo. Su vida tiene sentido en la medida en que contribuye al éxito del grupo. De ahí que la idea del suicidio pueda resultar atractiva.

Pero, ¿juega algún papel la personalidad del individuo? En uno de los estudios más recientes de Merari, este llevó a cabo un perfil psicológico de quince terroristas suicidas potenciales detenidos por el ejército israelí antes de acometer el suicidio. Lo que Merari encontró es que los potenciales suicidas tienden a poseer un fuerte miedo al rechazo, son impulsivos e inestables emocionalmente. Tienen un perfil dependiente-evitador y algunos de ellos, aunque no todos, rasgos suicidas. No son personas agresivas ni psicopáticas, al contrario, son personas, en muchos casos, que quieren ser apreciadas y que encuentran difícil decir que no en un contexto relacional, social y cultural que valora estos ataques como actos patrióticos, heroicos.

Lo interesante es que los organizadores de los atentados, las elites, mandos y reclutadores de las organizaciones terroristas tienen un perfil psicológico totalmente diferente: son manipuladores, egoístas, psicopáticos y poseen una gran confianza en sí mismos. Son personas que están dispuestas a mandar a otra persona a una muerte segura, pero que nunca serían voluntarios para un acto suicida. Por supuesto, no sienten ningún tipo de remordimiento.
Sea la causa próxima la personalidad o la influencia social, lo fascinante del suicidio terrorista es que resulta una ventana por la que mirar la complejidad de la conducta social humana. Porque el suicidio altruista tiene también, como cualquier otra forma de conducta social, una explicación sociobiológica evolucionista. Los comportamientos autodestructivos altruistas se producen en una gran variedad de especies, desde organismos unicelulares a insectos sociales, aunque su presencia es debatida entre los mamíferos. Entre los insectos sociales, el autosacrificio se suele producir en el contexto de la defensa del nido. El suicidio terrorista es, quizá, una forma de altruismo parroquial (parochial altruism), tipo de altruismo en el que el sacrificio del interés personal, del individuo, se produce con el objetivo de favorecer a los miembros del grupo étnico, racial o etnolinguístico del individuo. La explicación evolucionista del suicidio altruista es compleja. Pero la esencia de esta explicación sería que la autodestrucción de un individuo, aunque incoherente desde el punto de vista del fitness individual, podría favorecer el fitness inclusivo, a través de mayores posibilidades de supervivencia y reproducción para los miembros del grupo del suicida.   

Pero el suicidio altruista podría ser también un coproducto no adaptativo de un mecanismo evolucionado, como la necesidad de aceptación social, que produce una malfunción. Aquí estoy solo especulando, pero la consideración del suicida típica de las sociedades en las que se produce el terrorismo suicida como un símbolo de heroísmo y liderazgo, la promesa de un estatus superior tras la muerte, el adoctrinamiento por líderes depredadores, la personalidad dependiente-evitadora del suicida, parecen a puntar a un resultado no adaptativo de la necesidad de pertenecer y ser aceptado por el grupo de ciertos individuos (el suicida), en combinación con la necesidad de otros individuos (el organizador) de adquirir poder sobre los miembros su grupo para combatir a otros grupos enemigos.

Más allá de las causas sociobiológicas profundas del suicidio terrorista, lo que sabemos que es que la influencia sectaria por parte de un grupo organizado, un apoyo por parte de la comunidad al suicidio terrorista y unos rasgos de personalidad específicos del suicida parecen ser las causas cercanas del suicidio terrorista. Como concluye Merari: “la mayoría de los suicidas en nuestra muestra no llevaron a cabo la misión porque quisieran morir para poner fin a un sufrimiento mental intolerable, sino porque sus características de personalidad, especialmente una personalidad dependiente-evitadora, les hizo más susceptible a la influencia externa”

El suicidio terrorista muestra, como ninguna otra forma de conducta humana, el poder de los otros en nuestra conducta.

Imagen de: Christopher Dombres


sábado, 11 de noviembre de 2017

Adictos al petróleo


Gran parte de nuestra economía y de nuestro estilo de vida se mantiene gracias a la existencia de petróleo barato. El petróleo ha sido, como afirma Lefi Wenar, la mejor solución al reto de mover personas y bienes. Vivimos en sociedades con un elevado consumo de energía per cápita (el equivalente a 23 sirvientes trabajando para una persona cada hora de cada día). Y esto ha sido posible, en gran medida, gracias a la extracción y uso del petróleo.


Pero la dependencia del petróleo tiene numerosas consecuencias para la sociedad mundial, algunas de ellas indeseables desde el punto de vista ético, medioambiental y de organización social. En Blood Oil: Tyrants, Violence, and the Rules that Run the World, Lefi Wenar, profesor de filosofía y derecho del King’s College (Londres), analiza el papel que la extracción de petróleo ha jugado en la degeneración política y social de numerosos países así como las derivaciones éticas y políticas para los consumidores en los países importadores de petróleo.

Una idea clave del libro, fundamentada de modo consistente por numerosas investigaciones, es que la explotación de petróleo es, para la mayoría de países, una suerte de maldición (la maldición de los recursos), dados los devastadores efectos que la dependencia del dinero del petróleo tiene sobre la organización social y el funcionamiento de la economía de estos países. Los países petroleros tienen una mayor probabilidad de ser gobernados por un régimen autoritario, así como de experimentar una guerra civil o de participar en un conflicto armado que aquellos países que no disponen de petróleo. El petróleo es una fuente de riqueza, podría pensarse, pero, en la mayoría de los casos, ocupar un territorio rico en petróleo sólo empeora el funcionamiento de una sociedad.

Esto, por supuesto, no es una consecuencia inevitable de la disponibilidad de este preciado recurso natural. Lefi Wenar utiliza, aquí, la metáfora del alcohólico y la disponibilidad de alcohol. Según Wenar, el petróleo es dañino para una sociedad de forma parecida a como el alcohol es dañino para una persona. En pequeñas dosis, el consumo de alcohol puede tener ciertos beneficios para una persona funcional. Pero para un alcohólico, disponer de alcohol en abundancia puede ser su sentencia de muerte. Algo similar ocurre con las sociedades y la extracción de petróleo.

Para una sociedad avanzada altamente funcional (véase Noruega), la explotación de petróleo puede ser una fuente extraordinaria de recursos. Recursos que pueden ser utilizados en beneficio de la población. Para una sociedad disfuncional, con un nivel bajo de auto-control social (léase con elites extractivas, sin imperio de la ley, sin estado centralizado y responsable, sin división de poderes y democracia, sin economía diversificada y de mercado, etc.), disponer de petróleo puede amplificar los problemas de corrupción, ausencia de rendición de cuentas, cleptocracia, etc.

Pero, ¿por qué el petróleo puede ser una fuente de problemas? Bien, la cuestión es que el petróleo es una fuente de dinero fácil. Un país con un bajo auto-control es probable que acabe haciendo un mal uso de este dinero. En esencia, porque las jerarquías clientelistas corruptas probablemente utilizarán el dinero para mantener su estructura autoritaria cleptocrática, es decir, para incrementar su patrimonio y el de sus aliados al tiempo que tendrán menos incentivos para invertir en reformas que permitan la modernización de la sociedad.

Noruega es un ejemplo de uso virtuoso del dinero procedente del petróleo. El fondo del petróleo es una especie de plan de pensiones constituido durante años a partir de los beneficios de la explotación del petróleo. El capital de este fondo equivale a más de 100.000 euros por habitante de Noruega. Y los beneficios anuales derivados de los intereses de su inversión permiten pagar una parte sustancial del estado de bienestar noruego.



Guinea Ecuatorial es un ejemplo de lo opuesto. Un país con grandes reservas de petróleo y gas cuya población tiene las cifras más bajas de acceso a agua potable de todo el continente africano. ¿Qué ocurre con el dinero procedente del petróleo? Simplificando mucho, que este dinero se utiliza para financiar los despropósitos de su gobernante autocrático, reconocido “asesino, torturador y ladrón” y su círculo de aliados y familiares.

Los procesos socio-políticos por los que una misma fuente de ingresos (un recurso natural como el petróleo) puede alimentar un círculo virtuoso de modernización y sostenibilidad social o bien un círculo vicioso de pobreza y falta de seguridad y libertad son extremadamente interesantes. Pero Wenar centra más bien su atención en argumentar por qué deberíamos estar preocupados moralmente por el consumo de petróleo procedente de países dirigidos por elites cleptocráticas. El hecho de que nuestra economía se fundamente en el uso de petróleo, con las consecuencias que su explotación conlleva, plantea, nos dice, un problema de acción colectiva con derivaciones éticas.

En esencia, cada vez que llenamos el depósito de gasolina de un coche, estamos anteponiendo una necesidad práctica de sostener nuestro estilo de vida a nuestro probable rechazo moral al origen de la gasolina. Wenar propone una acción internacional basada en un principio: no consumamos ni importemos petróleo procedente de países “no libres”. Para ello, propone un conjunto de acciones legislativas y de acción social originada en los países importadores que permita frenar el consumo de petróleo maldito. Algo similar a lo que se ha hecho con el consumo de los “diamantes de sangre”.

Quizá, solo un proceso de reforma social interno orientado a generar un mayor nivel de “auto-control social” pueda liberar a los países de la maldición de los recursos. Pero las acciones por parte de los países consumidores pueden influir en este sentido. El petróleo es un pilar fundamental de la economía mundial. Pero su producción resulta devastadora para muchos países. La lectura de Blood Oil: Tyrants, Violence, and the Rules that Run the World es una buena fuente de ideas y debate sobre cómo reducir este efecto indeseable.  

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El poder de las normas sociales

Siempre me ha fascinado el poder de las normas sociales sobre la conducta social de los individuos. Es una de las tesis básicas de la sociología y la psicología social: las personas están motivadas para entender qué es normativo, qué conductas son más frecuentes y valoradas, en los grupos y las comunidades a las que pertenecen. Los individuos tienen una percepción más o menos realista de en qué medida ciertos comportamientos son frecuentes y/o valorados en su sociedad. Y esta percepción subjetiva de las normas guía, en gran medida, el comportamiento, la conducta social de los individuos.  


Las normas sociales pueden ser descriptivas (lo que la gente normalmente hace) o inyuctivas (lo que la gente aprueba o desaprueba). Esta es una distinción importante, que merecería una entrada a parte. La cuestión es que, en ambos casos, los individuos configuran su percepción de las normas sociales a partir de tres vías fundamentales (ver Tankard y Paluck, 2016): la observación del comportamiento de otros individuos en el grupo (referentes sociales), la información existente sobre las actitudes y comportamientos de un grupo (“la mayoría piensa que…”) y los sistemas institucionales (ej. la ley).  





El efecto de las normas sociales y su percepción sobre la conducta social de los individuos se ha mostrado en ámbitos diversos como el ahorro de energía, los prejuicios raciales, el reciclaje o la conducta antisocial. Los individuos tienden a reproducir aquella conducta que consideran normativa en el grupo con el que se identifican. Esto nos puede llevar a consumir más o menos alcohol, donar más o menos dinero a obras benéficas o a conducir más o menos rápido en la carretera. Existen otros factores influyentes en la conducta, claro está, pero el poder inconsciente de las normas sociales resulta, en ocasiones, sorprendente.


Leyendo el artículo reciente de Maria Konnikova sobre cómo cambian las normas, sorprende descubrir el papel posible que las normas sociales tuvieron en la matanza de 800,000 Tutsis por sus vecinos Hutu en un período de 100 días en Ruanda. Konnikova cita la investigación de Levy Paluck, profesora de la Universidad de Princeton especializada en normas sociales y prejuicios, conflictos políticos e influencia de los medios. La idea principal de la investigación de Paluck, así como de otros autores, es que de los aproximadamente 200.000 Hutus que participaron en el genocidio de Ruanda, la gran mayoría no habrían sido diagnosticados como sádicos o psicópatas. Eran personas “normales”, con una aversión general hacia la violencia, pero que fueron convertidos en sádicos por un conjunto de procesos psico-sociales determinados operando en el entorno.  


Una de las formas fundamentales por las que los grupos reducen los obstáculos para la participación en la violencia, haciéndola menos aversiva y angustiosa para los individuos, es convirtiéndola en normativa. Como afirma Paluck en el artículo de Konnikova, los Hutus tenían buenas relaciones con sus vecinos Tutsi. La violencia estalló porque las normas sociales cambiaron en un instante. Las radios importantes y con más autoridad del país lograron transmitir a los Hutus que la matanza de Tutsi era normal y deseable. La participación en la violencia produjo una mayor identificación con el grupo violento y, a su vez, una mayor probabilidad de participar en un acto violento en el futuro. Un cambio en las normas sociales pudo precipitar una escalada de la violencia sin precedentes.


Toda la investigación de Paluck y otros autores parece mostrar que las creencias y actitudes de los individuos son difíciles de cambiar, y que los medios de comunicación son más efectivos comunicando normas sociales, es decir, transmitiendo cómo piensa y actúa la mayoría. Las percepciones subjetivas de los individuos sobre las normas se convierten en una realidad y en una guía para su comportamiento, incluso cuando estas percepciones son equivocadas. Las consecuencias, como en el caso del conflicto tribal, pueden ser dramáticas.

Foto: Eric Constantineau